viernes, 2 de marzo de 2018

Los Mesteres de Juglaría y Clerecía y El Cantar del Mio Cid como Registros de la Imagen Masculina y Femenina en la Edad Media [Informe Analítico]


           El ser humano se ha encontrado imbuido, desde el preciso momento en que ascendió al peldaño del ser pensante, por la necesidad ineludible de trascender sobre la acción obliterante del tiempo. Siempre acechada por el temor inmanente de la muerte, la humanidad confeccionó un instrumento que le permitió elevarse sobre tales limitantes mundanas al perpetuar su esencia misma y resguardarla de la perenne amenaza del olvido; este instrumento fue (y sigue siendo) el de la literatura, la cual representa un calco fiel de la realidad social, cultural e incluso psicológica de los hombres y mujeres que recurren a ella en cualquier momento dado de la historia. De este modo, la literatura (en todas sus acepciones) ha encarnado desde el mismo instante de su origen un registro sumamente detallado del paso del hombre por el mundo, y es inevitable encontrar en ella, al realizar una inmersión en sus entresijos, el fantasma de las sociedades con cuyos contextos fue impregnada.

La edad media, presunto período de oscurantismo, dejó a su paso gran abundancia de obras literarias, tanto escritas como orales, que presentan loables y hermosas narraciones en las cuales fueron encapsuladas muestras históricas, casi vivas, de tal era. Específicamente esta sociedad se vio retratada por los llamados mesteres de juglaría y clerecía, expresiones literarias que manaban de distintos estratos sociales y obedecían a cierta jerarquía de orden intelectual. No sólo fue capturado en ellos el pensamiento y obrar de los hombres medievales, sino también la estructura moral que los recubría y el panorama económico en el que se desenvolvían.

El primero de ellos, el mester de juglaría, nació entre los más bajos estratos de la sociedad medieval como medio de entretenimiento para la plebe y fuente de ingresos para los juglares, artistas ambulantes que se encargaban de recitar cantares de gesta en lugares de toda clase, desde plazas de mercado ante campesinos hasta palacios y castillos frente a reyes y señores. Los mesteres de juglaría mantuvieron una estructura muy poco estricta que les permitía ser memorizados con suma facilidad, y el analfabetismo de la población regular habría sido un impedimento monumental para la transmisión de los mismos de un modo distinto. Esta libertad en métrica les aseguró un lugar en la memoria (y el corazón) de los pueblos. Las personas corrientes, sin gran preparación o educación, encontraban gran comodidad para recordar y mantener vivos a través de la oralidad aquellos cantares.

En contraposición al mester de juglaría, el mester de clerecía fue engendrado por los clérigos, hombres de conocimientos superiores e instruidos no sólo en retórica, dialéctica y gramática (el trívium), sino también en aritmética, geometría, música y astronomía (el quadrivium). De manera quizás algo jactanciosa, los mesteres de clerecía eran escritos de un modo sumamente perfeccionista, con estrofas de la cuaderna vía, esto es, con métrica y rima impecables, lo cual permitía entrever de manera clara la erudición de sus escritores. Los mesteres de clerecía compartían (al menos en su origen) un trasfondo claramente eclesiástico, y eran utilizados como vehículo de enseñanzas y dictámenes muy bien camuflados para estimular la fe de los lectores y promover la cristiandad.

Los mesteres de juglaría y clerecía no sólo representan la realidad contextual de un momento y lugar determinados, sino que pintan en sus versos la imagen ética que, o bien poseían, o bien se aspiraba a que lograsen alcanzar tanto el hombre como la mujer medievales, mediante el empleo de personajes que esgrimen toda una serie de valores y principios con los cuales se desenvuelven de principio a fin en los distintos relatos en los que hacen acto de aparición.

El hombre ocupó siempre, por uno u otro motivo, de manera discutiblemente justificada o reprensiblemente injustificada, un papel predominante en la sociedad, y dicha superioridad se ve reflejada (de manera sumamente previsible) en la literatura. El Cantar del Mío Cid, mester de juglaría (y por tanto, con mayor capacidad de infiltración en la plebe), se ve enfocado en el papel del hombre no como mero sujeto terrenal, campesino, soldado o erudito, sino como algo que escapa del alcance de las manos del ciudadano común: como un héroe. A pesar de ocupar una posición virtualmente inalcanzable, el héroe se presenta como fuente de inspiración, como súmmun de la calidad humana (y casi específicamente del hombre).

Rodrigo Díaz de Vivar representa por excelencia el papel de héroe: valiente, sabio, prudente, honesto, honrado, sumiso y servicial hacia su rey, consagrado a Dios y a su causa. Hábil guerrero, jinete sin par, misericordioso y clemente, inquebrantable y estoico, el Cid era la meta perfecta, triunfal, para cualquier oyente que se viese envuelto por su cantar de gesta. El mensaje poseía una claridad impresionante: la obediencia a Dios y al rey recompensaba sin falta alguna.

Al comparársele con el arquetipo Jungiano del héroe, estudiado ampliamente por Joseph Campbell en “El Héroe de las Mil Caras”, puede notarse que Rodrigo Díaz de Vivar y su historia encajan a la perfección en todas y cada una de las características presentes en el trayecto del héroe arquetípico. El Cid abandona su tierra, no por voluntad propia sino por acato a las órdenes de destierro de su rey y señor, y se arroja a la aventura junto a sus hombres de confianza. En la aventura se topa con la sombra que impide su paso; el Cid entonces se enfrenta y derrota con impresionante facilidad a los moros, quienes a un mismo tiempo representan a los grandes enemigos de la iglesia; son los infieles.

A medida que el Cid se interna en territorio moro y se yergue victorioso tras cada triunfo, su imagen frente al rey recupera lentamente el favor que perdió. El Cid alcanza muchas victorias icónicas en el arquetipo del héroe, como la de la unión (o reunión, en su caso) con su esposa, representación de la figura de la diosa o madre. No pocos son los contratiempos contra los que se ve enzarzado, y el más prominente de ellos, el de la deshonra de sus hijas, representa el llamado “robo del don” por Campbell, móvil del héroe en su trayecto. Finalmente, el Cid consigue recuperar el honor de sus hijas y hacer justicia sobre las fuerzas del mal.

Queda puesto en evidencia que el recorrido del Cid, tortuoso pero transitado con gallardía, encarna el imprescindible trayecto de dificultades que forja al héroe, camino que a través del cual peregrina Rodrigo Díaz de Vivar hasta alcanzar el estado con el que una vez se halló coronado ante los ojos del monarca, y no sólo consigue el perdón, sino también el mismísimo reconocimiento de su señor. El elixir salvador con el que se hace el Cid no es otro que el honor perdido, el orgullo una vez mancillado, la honra de poder servir a Dios y a su rey con dignidad de un hombre (o la que se esperaba de uno).

Tras este pequeño análisis, y del mismo modo que el hombre, la mujer por su parte ha tenido también, desde que la historia del mundo pudo ser llevada a la escritura, numerosas representaciones. Ha sido vista como la herramienta para la perpetuidad del humano, la más sublime fuente de inspiración, la compañera del hombre, o incluso la musa que puede lograr evocar emociones de diferentes matices en los autores que se han valido de su figura, ya sea desde su perspectiva física o mística. De igual manera, la figura femenina en la edad media, ha transmutado y se adapta al contexto en el que se esté empleando, ya sea una doncella o la expresión máxima de un sentimiento, emoción o ideal.

Como ejemplo de lo mencionado, puede tomarse a Ximena, fiel consorte de Ruy Díaz de Vivar, quien no sólo toma la efigie de compañera idónea, esa que espera pacientemente al día en el que su esposo vuelva por ella (y también representa el hogar al que él quiere volver una vez haya sosegado su espíritu aventurero), o, en el caso de la obra “El Poema de Mío Cid”, a que el héroe obtuviera el permiso del rey y la fortuna suficiente para tomarla y establecerse debidamente en la tierra dominada: Valencia.

A pesar del notorio afecto de este hombre por su compañera de vida, se ve reflejado un evidente nivel de sumisión, lo cual representa una característica canónica de la mujer medieval. La figura femenina, aunque en algunas ocasiones sea el galardón de valientes héroes en la épica, en algún momento expondrá su función más elemental: ser cumplidora de los preceptos del hombre que la tome, y a cambio, éste tiene el deber de proveerle estabilidad y protección.

Si bien es cierto que la doncella nacida de una familia campesina no tendría la misma oportunidad de casarse con un hombre destinado a una de la nobleza, que la primera no requería de estudios para llevar criados o tierras sino que por el contrario debía redoblar sus fuerzas para ayudar a su consorte a aumentar un poco más sus bienes, tanto la campesina como la noble debían poseer las mismas virtudes si querían obtener un buen matrimonio. De este modo, para que la mujer medieval sea digna de estar al lado de un buen hombre, su comportamiento y talle deben adaptarse a él. Aunque la característica física tiene un gran peso en el aspecto de la fecundidad, la actitud se pone a la par, pues la sensatez de la mujer puede mantener una casa en orden.

Por todo lo mencionado, una mujer medieval debía ser tranquila y conservadora, discreta y abnegada, pero con suficiente carácter para llevar la casa o el castillo cuando el marido estuviera llevando a cabo su campaña. Todas ellas en relación al carácter, pero sobreponiéndose siempre otra virtud que va mucho más allá: la castidad. Una mujer debía llegar limpia y pura al matrimonio para que una vez consumado el acto, viniera el mayor de los milagros de la humanidad: la procreación.

Ximena recrea esta figura adecuada. Sus hijas, Elvira y Sol, siguiendo el ejemplo de su madre, también lo hacen, pues aunque se entristecen al tener que ser alejadas de su padre, no objetan a la solicitud de sus esposos de irse con ellos a las tierras de Carrión. Tanto esposa como hijas de El Cid declaman el ideal femenino, son compañeras leales, son el acopio en donde el guerrero descansa de su bélico periplo, son las que tienen las bondadosas palabras que mitigan el cansancio y que con superfluas acciones consuelan el espíritu cansado, y son también las destinarias a las que dedica sus victorias, lo cual reafirma lo dicho párrafos atrás; encarnan una fuente de inspiración.

Por esta y otras razones, el cristianismo, creencia religiosa predominante de la época, hace riguroso énfasis en la honradez de la mujer. Se la condena si no es casta; si lo es, y además posee las virtudes mencionadas, es una buena candidata a esposa, mas en ninguna parte se condena al hombre por no ser casto para una doncella. Esta particularidad se ve reflejada en la sociedad de la época con la extensión del cristianismo. La doctrina toma como figura ideal a Santa María, quien no sólo era la madre del hijo de Dios, sino que además lo concibió y tuvo siendo virgen.

De tal modo se extendió la fe cristiana que impuso a Santa María como la cúspide de las virtudes y las bondades, pues el hecho de ser la madre de Jesucristo la ubica en una categoría mucho más elevada, llegando al punto de que la comparación con ella implicaría ofensa, situación que se ve reforzada en los números cánticos y poemas que se le han dedicado. Hombres entregados al celibato, y por ende, siguiendo la lógica de la cultura de la época, menos entendidos en el carácter de la mujer común, son los que en su mayoría exaltaron las virtudes de la Virgen. En ella no ven sólo la mujer ideal “bendita seas entre todas las mujeres”, sino la inalcanzable.

Aunque la imagen femenina de la Santa María haya sido tomada para fines adoctrinadores, es su condición de mujer, de musa, de fuente de inspiración y poseedora del don de la vida, lo que ha permitido que el arte poético eclesiástico sea recibido con tal sutileza que resulta casi imposible que las personas pudieran percibir que entre líneas quisieran decir “yo soy la verdadera salvación, sígueme”. Consuelo y salvación son recurrentes en “Milagros de Nuestra Señora”, obra mariana por antonomasia que legó Gonzalo de Berceo. Intercepción ante Dios en favor del infortunado, refugio para el desamparado e incluso una luchadora por lo que le corresponde, fiel a quien la reconoce, sensible ante los temas maternales y defensora regia de sus seguidores. Aunque bien impregnados hasta la médula de propaganda e idealismo sin par, y carentes de independencia frente al retrato masculino y superior de un dios, mantienen estos detalles una imagen innegablemente inmaculada (prácticamente endiosada) de la mujer.

Pese a tantas similitudes y diferencias entre las mujeres mencionadas, pese a que ellas, a su manera, lucharon por un puesto en una sociedad conformada por un tácito principio de desigualdad, tuvieron una característica en común mucho más contundente: la presencia de un hombre. Unas porque el matrimonio y la familia es su destino y la otra por alcanzar un grado de misticismo por ser la madre de Dios, ambas por cumplir el objetivo que dictaba la sociedad de entonces: ser madre.

Como puede constatarse, los mesteres tanto de juglaría como de clerecía personifican la voz del pasado, y asoman a través de ellos imágenes casi tangibles de la realidad medieval. A pesar de la distinción en la temática de unos y otros, y las remarcadas diferencias en su redacción y forma de difusión, ambos ofrecen una gran facilidad para analizar no sólo la sociedad de la Edad Media sino al mismísimo individuo que la habitaba, fuese éste hombre o mujer, letrado o analfabeta, clérigo o juglar.


- Elohim Flores.
02/17

lunes, 19 de febrero de 2018

Entre Escila y Caribdis: Una Odisea de Disyuntivas


Resumen

          La Odisea, obra esencial dentro de la literatura universal, posee toda una plétora de elementos característicos que la convierten en un texto propicio para el análisis y estudio detallado. No obstante, uno de sus elementos más prominentes ha sido muchas veces eludido: el de la disyuntiva inherente a la vida del ser humano, representado en la narración por Odiseo. Mediante extensos ejemplos y bases filosóficas fundamentadas en el pensamiento de Ortega y Gasset, se explicará la relevancia de los dilemas dentro de esta característica obra y su relación con la vida personal y social del hombre y la mujer actuales.

Palabras clave: Odisea, disyuntiva, dilema, voluntad, decisión.

Introducción

“La toma de decisiones en la Odisea es un debate que se sitúa en el interior del héroe, o que se realiza entre partes del mismo, más que la intervención de un Dios que tome la decisión por él”. - Bennett Simon (1984).

La Odisea, la historia de aventuras por antonomasia, el gran relato del viaje del héroe en su regreso a casa, se encuentra indudablemente enmarcada por multitud de temas de preponderante relevancia dentro del género de la epopeya, y así, pueden encontrarse dentro de ella sin dificultad alguna y con prominencia innegable tópicos como el del valor del individuo sobre las calamidades, la tragedia humana ante sus limitaciones, la participación e intervención de las divinidades en los asuntos mundanos, y la exaltación de valores como el honor, la perseverancia y la astucia. No obstante, y pese a esto, existe un tema en ella muy fácilmente obviado, y que, no obstante, entinta la obra entera de inicio a fin: el de la despiadada e imperecedera presencia de la disyuntiva.

Es naturaleza de las obras literarias el entrañar miríada de matices dentro de sí, más allá de lo que sus líneas, párrafos y versos puedan a simple vista expresar, y resulta ser que La Odisea no es de ellas la excepción; es posible extraer, en realidad, una mayor cantidad de temáticas de las que pueda en un inicio sospecharse; y el tema de las disyuntivas que enrumban los periplos de Odiseo no sólo encarna una importancia de esencial vitalidad para la estructura de la obra, sino que presenta un aspecto filosófico de amplio interés, análogo a la vida diaria.

Bajo el objetivo de fundamentar la presencia de un constante dilema en el destino de Odiseo durante su regreso a Ítaca (e inclusive antes de ello), y de demostrar la relevancia que representa para la narrativa entera, incluso asumiendo en ocasiones el núcleo de la misma, serán presentados fragmentos del texto y consecuentemente analizados, finalizando con el uso de diversas explicaciones y referencias filosóficas que puedan cimentar y ratificar la importancia de la disyuntiva en ella.

Se pretende que el lector no sólo logre discernir aquellos aspectos en donde resalta la trascendencia de la toma de decisiones y su impacto en el devenir, sino que logre también reflexionar a partir de ellos y extrapolar las máximas presentes en la filosofía oculta tras dichas escenas para conseguir incorporarlas en su filosofía personal, de modo tal que se complete un proceso de aprehensión integral tras el acto de la lectura.


Las disyuntivas del viaje

Como ya se ha mencionado, la narrativa entera se halla atestada de dilemas y tomas de decisiones que enrumban los acontecimientos que han de acaecer en los cantos posteriores. La presencia de estas situaciones disyuntivas no es escasa, y constituyen la verdadera columna vertebral de la epopeya analizada, pues de no ser por dichas situaciones, la historia apenas lograría desarrollarse.

A pesar de encontrarse escrita in media res, es decir, a partir de un desenlace ya establecido, contra lo que pudiera pensarse, desde su inicio los personajes de La Odisea se debaten entre la espada y la pared; y no es precisamente su protagonista, Odiseo, quien tiene el deleite de saborear el primer dilema del relato, sino su hijo, Telémaco, quien, auspiciado por Atenea, decide partir en busca de su padre desaparecido tiempo ha tras partir a la guerra de Troya.

«¿Por qué, hijo mío, tienes en tu interior este proyecto? ¿Por dónde quieres ir a una tierra tan grande siendo el bienamado hijo único? […] Anda, quédate aquí sentado sobre tus cosas; no tienes necesidad ninguna de sufrir penalidades en el estéril ponto ni de andar errante.» Y Telémaco le contestó discretamente: «Anímate, ama, puesto que esta decisión me ha venido no sin un dios. Ahora júrame que no dirás esto a mi madre antes de que llegue el día décimo o el duodécimo, o hasta que ella misma me eche de menos y oiga que he partido, para que no afee, desgarrándola, su hermosa piel.» (La Odisea, Canto II).

Representa tal importancia la simple decisión de Telémaco a pesar de la tristeza de sus allegados y la contrariedad de gran parte de los ciudadanos (decisión tomada sobre la posibilidad de reposar en Ítaca y mantener una pacífica espera), que la misma da inicio a la llamada Telemaquia (cantos del I al IV), y por tanto, a la mismísima introducción de la Odisea, y no sólo esto, sino que las acciones de los pretendientes de su madre (de primordial relevancia) se desencadenan a partir de la ausencia de éste, lo cual establecerá los eventos del final de la obra.

Inmediatamente después la epopeya cambia de escenario para enfocarse en Odiseo, quien se encuentra en la isla de Calipso, y es aquí en donde podrán toparse los lectores por vez primera con quizás una de las más prominentes disyuntivas con las que el héroe tendrá que debatirse. Odiseo es retenido por Calipso, ninfa que se enamora perdidamente del ingenioso héroe. Para evitar que éste se libre de sus lazos, Calipso no duda en ofrecerle la inmortalidad, con la única condición de que el valiente hombre permaneciera a su lado. El dilema se presenta, pero es rápidamente resuelto por el héroe, quien rechaza la vida eterna, uno de los mayores presentes de la existencia, por su libertad y la oportunidad de reencontrarse con su esposa.

«[…] Odiseo […] ¿así que quieres marcharte enseguida a tu casa y a tu tierra patria? Vete enhorabuena. Pero si supieras cuántas tristezas te deparará el destino antes de que arribes a tu patria, te quedarías aquí conmigo para guardar esta morada y serías inmortal por más deseoso que estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente deseas todos los días. [...]» Y le dijo el muy astuto Odiseo: «Venerable diosa, no te enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior la discreta Penélope en figura y en estatura al verla de frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin vejez. Pero aun así quiero y deseo todos los días marcharme a mi casa y ver el día del regreso [...]». (La Odisea, Canto V).

Posteriormente a Odiseo se le presenta la oportunidad de contar las aventuras que le condujeron hasta ese punto, momento en el cual es posible conocer otros momentos de disyuntiva en los cuales las decisiones tomadas condujeron en su totalidad a contrariedades o desgracias.

En primer lugar, se narra el saqueo hecho por parte de la tripulación de Odiseo contra los Cicones, tras lo cual, y a pesar de las advertencias de su líder, los hombres bajo el mando de Odiseo optaron por vanagloriarse y disfrutar del botín; esto conduciría a un retraso que propició la llegada de los aliados de los Cicones, quienes masacraron a gran parte de la imprudente tripulación. Una vez más, una elección decide el destino de los hombres, y en esta ocasión lo convierte en uno más que desfavorable.

«Entonces ordené a los míos que huyeran con rápidos pies, pero ellos, los muy estúpidos, no me hicieron caso. Así que bebieron mucho vino y degollaron muchas ovejas junto a la ribera y cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas. Entre tanto, los Cicones, que se habían marchado, lanzaron sus gritos de ayuda a otros Cicones que, vecinos suyos, eran a la vez más numerosos y mejores, los que habitaban tierra adentro, bien entrenados en luchar con hombres desde el carro y a pie, donde sea preciso. Y enseguida llegaron tan numerosos como nacen en primavera las hojas y las flores, veloces.» (La Odisea, Canto IX).

Posteriormente, Odiseo relata la afamada historia de la isla de los cíclopes, lugar en donde serían las decisiones erróneas y de pobre moral por parte del héroe de Ítaca las que lo condenarían a la desgracia que lo acompañaría a él y a sus hombres hasta el final de sus viajes. En esta isla, Odiseo y sus hombres entran a la cueva de un cíclope, repleta de alimentos, y, pese a los ruegos de sus desdichados camaradas por tomarlo todo y escapar, Odiseo se niega, con la intención de esperar al monstruoso ser para intentar apropiarse de algo más que de sus alimentos.

«Entonces mis compañeros me rogaron que nos apoderásemos primero de los quesos y regresáramos, y que sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la rápida nave, diéramos velar sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso —aunque hubiera sido más ventajoso—, para poder ver al monstruo y por si me daba los dones de hospitalidad. Pero su aparición no iba a ser deseable para mis compañeros.» (La Odisea, Canto IX).

Esta terrible decisión conduce al apresamiento de todos por parte del cíclope, quien al llegar y encontrarlos en su refugio expresa sus terribles deseos de devorarlos; deseos que satisface tan pronto como le es posible. Es aquí en donde, raudamente, aparece una nueva disyuntiva para el héroe, a quien se le presenta la magnífica oportunidad de asesinar al monstruo mientras duerme. No obstante, la rechaza (no sin pesar) debido a la imposibilidad de escapar de la cueva si asesinaban dentro de ella al cíclope. Así, tras tomar esta nueva decisión, Odiseo sacrifica a más de sus compañeros, los cuales son devorados paulatinamente mientras espera a que se presente el momento oportuno para fugarse, y aún cuando éste llega, Odiseo cae presa de su arrogancia, y no sólo evita asesinar a Polifemo, sino que hace mofa de éste. Haber dejado sobrevivir al cíclope acarreará en la obra toda una la serie de sucesos desafortunados, la maldición divina que acechará a Odiseo y le hará presa del castigo de los cielos. Así, pues, debido a una sucesión de malas elecciones y decisiones amorales, el tono de la epopeya se ve marcado hasta el final, convirtiéndola en lo que es: la historia de un viaje aciago.

Tras esto, Odiseo continúa narrando sus desventuras, y los casos de disyuntiva no cesan en ningún momento. Tras arribar a la isla de Eolo, el dios de los vientos le otorga un odre que no podía ser abierto bajo ninguna de las circunstancias. El consejo, como era de esperarse, es desoído por los tripulantes, quienes toman la decisión de abrir la bolsa de piel a pocos kilómetros de alcanzar el tan ansiado hogar, y desencadenan para su desgracia una estridente tormenta que los aleja de las costas en donde les aguardaría el descanso que no encontrarían sino con la muerte.

«Así hablaban, y prevaleció la decisión funesta de mis compañeros: desataron el odre y todos los vientos se precipitaron fuera, mientras que a mis compañeros los arrebataba un huracán y los llevó llorando de nuevo al ponto lejos de la patria. Entonces desperté yo y me puse a cavilar en mi irreprochable ánimo si me arrojaría de la nave para perecer en el mar o soportaría en silencio y permanecería todavía entre los vivientes.» (La Odisea, Canto X).
       Tras diversos infortunios más, otros dos momentos decisivos continuarían entintando ese famoso viaje conocido como la Odisea. El segundo de ellos, no tan prominente (y por lo tanto, referido antes de que el que lo precede) tuvo como personaje principal a la mismísima personificación del sol, la deidad Helios, ampliamente temido por su carácter. A Odiseo se le había advertido que se alejase de aquella fatídica isla y que, en caso de desembarcar en ella, evitara por todos los medios sacrificar alguna de las reses sagradas del dios. Una vez más, los compañeros del héroe lo desobedecen y devoran a varias de las bestias, acarreando con ello nuevamente la ira de los dioses. Queda demostrado una vez más que cuando los deseos mundanos y las imprudencias interfieren en la toma de decisiones, el resultado no puede ser otra cosa que caótico.
«Así que se llevaron enseguida las mejores vacas de Helios, de por allí cerca —pues las hermosas vacas carianchas de rotátiles patas pastaban no lejos de la nave de azuloscura proa.» (La Odisea, Canto XII).
       No obstante, el mayor momento de disyuntiva, el punto álgido de la temática del presente artículo, la cumbre paroxística, el dilema por antonomasia, queda representado por el tránsito a través del Estrecho de Mesina; el capítulo de Escila y Caribdis.

Escila y Caribdis, monstruos apostados en sendos escollos a los lados de dicho estrecho, eran criaturas malditas que acechaban pacientemente por cualquier desafortunada tripulación que a través de ese lugar navegase. Escila era una aberración que alcanzaba con sus fauces la cubierta de los barcos y devoraba sin piedad a los desdichados marineros. Caribdis, por su parte, permanecía oculta bajo el agua, succionando con todas sus fuerzas cualquier embarcación que se alejase de Escila y se aproximase a ella de manera incauta, echándola a pique con un remolino de aguas negras y devorándolo todo para posteriormente vomitar sus astillados restos.

Como puede notarse, Escila y Caribdis son la viva representación de la espada y la pared; un sofocante dilema en donde ninguna de las alternativas aventaja a la otra, y en el cual el sacrificio es necesario e inevitable. Aún cuando existe la posibilidad de obviar ambas elecciones, una posición neutra frente al problema desembocará en un fracaso absoluto, y el mejor de ambos males parece en realidad ser peor que su opuesto.

Odiseo toma la decisión de transitar el estrecho a través del costado de Escila, considerando preferible perder cierta cantidad de hombres que la nave entera. Esta elección, una de las más comprometidas moralmente de entre las presentes en la obra, trastocaría los ánimos del héroe de Ítaca, haciéndolo caer en grave pesar y deduciblemente evocando en él finalmente la idea de su incorrecto actuar.

«Conque acércate, más bien, con rapidez al escollo de Escila y haz pasar de largo la nave, porque mejor es echar en falta a seis compañeros que no a todos juntos. » (La Odisea, Canto XII).

De este modo, y con la mismísima disyuntiva encarnada en un peligro monstruoso de proporciones mitológicas, queda aclarada la prominente presencia y relevancia de los dilemas dentro de la narración de Homero. Dejar a un lado las disyuntivas sería extraer la médula de la obra y presentarla como una simple carcasa vacía, desabrida e insípida, inclusive sin una mayor connotación ética y moral que la común en cualquier otra obra.


Conclusión

Si bien se ha enfocado el asunto de las disyuntivas dentro de La Odisea de manera muy específica, aunque insuficiente quizás (para analizar todas las presentes en el texto, hasta la última de ellas, se requeriría mucho más tiempo y principalmente mucho, mucho más espacio), el verdadero fin de este artículo es el de crear analogías certeras entre ésta, la obra, y la vida real; tarea perfectamente posible, pues la literatura no es más que un reflejo del hombre y el contexto en el que se desenvuelve. Si se logra comprender que los dilemas no sólo cimentan obras como La Odisea, sino a la misma experiencia vital del ser humano y por tanto el devenir mismo de la sociedad, podrá actuarse en consecuencia y tratar tal tema, el de las disyuntivas, con toda la atención que se amerita.

Dentro del marco de la filosofía, Ortega y Gasset expone con gran precisión el peso de las decisiones dentro de la vida humana y la dirección que ésta puede tomar al presentarse en ella diversas disyuntivas. En primer lugar, habla del “perspectivismo”, el cual postula que “la apreciación de un objeto, persona o suceso varía de acuerdo a las perspectivas en que se mire según el individuo.” De acuerdo a ello, cada persona posee una perspectiva distinta a todo cuanto ante ella se presenta, por lo que la consideración de los distintos dilemas frente a los que podría hallarse en algún momento diferirá de manera incluso radical respecto a la de los demás; ergo, las decisiones que tome dependerán única y específicamente del prisma subjetivo a través del cual aprecie el mundo.

El segundo pensamiento de Ortega dicta que el individuo es producto de su propia voluntad, haciendo uso de su famosa frase “yo soy yo y mis circunstancias”. Así, expresa que no hay normas de cómo vivir la vida, y que esto se aprende de experiencias anteriores producto del error, implicando que las decisiones incorrectas en un momento determinado pueden llegar a resultar de gran importancia tras pasar cierto tiempo, pues son convertidas en experiencias aprehensibles; enseñanzas extrapolables. El hombre, indica, es un ser individual que elije su camino. Este camino, por lo tanto, varía en cada individuo, y será distinto a otros si sus necesidades, deseos y acciones son diferentes.

El último pensamiento de Ortega es el del “raciovitalismo”, de la razón vital. Ortega cree que si el individuo es justo consigo mismo, todas las personas serán perfectas. En la sociedad se observa que muchas decisiones son tomadas para beneficiar y satisfacer los deseos de otras personas, y no están hechas por una razón correcta. Por lo tanto, cuando el hombre aprenda a realizar lo correcto, no por interés en otros para complacer sus carencias sociales, sino por verdadera consideración del deber ético para consigo mismo y, por ende, el desarrollo de su justo obrar, logrará avanzar como especie comunal y social, pues cada individuo se tomará la molestia de tomar las decisiones que mejor convengan desde un punto de vista moral, lo cual terminará beneficiando a los demás en última instancia y como objetivo ulterior.

Finalmente, Ortega y Gasset define la experiencia de la vida humana, sumergida entre decisiones que alteran el porvenir, del siguiente modo:

“Vivimos sosteniéndonos en vilo a nosotros mismos, llevando en peso nuestra vida por entre las esquinas del mundo. Dentro de nuestra vida tenemos entonces la fatalidad, el no poder elegir ser arrojados a la vida; y la libertad de actuar y decidir dentro de ésta. Vida es, pues, la libertad en la fatalidad y la fatalidad en la libertad.” (J. Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Pag. 7)

Así, pues, la vida no es más que la interacción del yo personal con el mundo que lo rodea, siempre imprevista, siempre maleable; un maremágnum de posibilidades, caminos divergentes, dilemas y vectores entrecruzados; una maraña de disyuntivas entretejida de manera caótica.

Y es el destino de la humanidad navegar eternamente a la deriva, entre dos aguas.


Referencias

Homero (Aprox. Siglo VIII a. C.). La Odisea [en línea]. Disponible en: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx

Ortega y Gasset, J. (1929) ¿Qué es filosofía? Obras Completas. VII. Alianza Editorial-Revista de Occidente. Madrid.

Simon, Bennet. (1984). Razón y locura en la antigua Grecia [en línea]. Disponible en: http://www.akal.com/libros/RazOn-y-locura-en-la-antigua-Grecia/9788473397049

- Elohim Flores.

miércoles, 7 de febrero de 2018

[Rimas- 126]


          Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

-Lope De Vega.

martes, 6 de febrero de 2018

El Español como Lengua Global


          Vivimos en un mundo en constante desarrollo, un planeta que no para de actualizarse y en el que la información se ha transformado en el engranaje que acciona el movimiento de su propio eje. En plena época del auge de la comunicación, la interacción y el intercambio, el mundo renueva su piel día tras día indeteniblemente y a una velocidad vertiginosa (por no decir preocupante). La tierra gira rauda y estrepitosamente mientras el combustible humano circula inagotablemente a través de sus arterias, y así como los hombres son análogos los glóbulos que transportan el oxígeno de la información, el plasma a través del cual se desplazan no es otro que el lenguaje.

Más allá del puñado de símbolos y reglas más o menos organizados y universales que han sido desarrollados por el homo sapiens a lo largo de su historia con la finalidad de comunicarse, el mundo civilizado ha visto la concreción de una serie de idiomas determinados mediante los cuales es realizada esta conexión, y de entre los miles existentes, no sobrepasan la decena aquellos que portan una verdadera relevancia internacional. El nuestro, uno de ellos, ha demostrado adquirir un valor sin precedentes durante el último siglo, y frente al duro y competitivo panorama lingüístico en el que se ve sumergido, los debates sobre su correcta denominación se presentan como una hoja de doble filo, pues si bien éstos ofrecen la posibilidad de confirmar y fortalecer su imagen internacional, también amenazan con desestabilizar la hegemonía que lentamente ha construido en tiempos modernos.

Dicho esto, es necesario formular una pregunta predecible: ¿cuál es esta denominación que debe ser consolidada y cuya debilitación ha de ser evitada a toda costa? La respuesta puede ser hallada con suma facilidad; al observar la reducida lista de idiomas oficiales seleccionados por la Organización de Naciones Unidas (selecto grupo de seis al cual no han logrado ingresar ni aún idiomas con el calibre del italiano y el portugués), podrá encontrarse entre sus filas de manera llamativa e incluso orgullosa el español. Del mismo modo, éste es reconocido como el idioma de todos los países de habla hispana por casi todas las lenguas foráneas (spanish, espagnol, spanisch, spagnolo), tal y como lo aclara el propio Diccionario prehispánico de dudas. De tal manera, es posible apreciar la fortaleza y consolidación global que posee nuestro idioma como español y no como castellano.

Si bien en sus orígenes nuestra lengua se remonta a Castilla, la influencia del tiempo y la interacción con diversos dialectos, así como su colisión con otros en verdaderos choques culturales, la condujeron a una gran distancia de su punto de partida. Aseverar que en la actualidad se habla con la lengua de Cervantes sería equivalente a asegurar que el ilustre escritor se expresaba en el idioma de Cicerón, y daría lo mismo llamar a nuestra lengua con el denominativo de castellano, romance, o latín vulgar, de carecer relevancia el nivel de actualidad lingüística y predominar la trascendencia de sus orígenes. Aferrarse al castellano como denominación es equivalente a asirse a una obsolescencia que no sólo niega la evolución que éste sufrió hasta su transformación en algo más (el español), sino que también implica obstaculizar la globalización de nuestro idioma actual.

La expansión del español a lo largo y ancho del globo (coronado como el segundo idioma con mayor número de hablantes a escala mundial), conlleva una indudable expansión cultural, y ésta a su vez, y de manera irremediable, va de la mano con un evidente crecimiento económico sustentado en el arraigo de la cultura difundida. La cuantiosa emigración de hablahispanos a los países angloparlantes ha conseguido que incluso naciones como la de Estados Unidos vea un cuarto del total de su población inmersa en la lengua española, y esta creciente hegemonía debe no toda, pero sí una importante parte de su solidez a la indelebilidad de un único denominativo, global, para sí misma.

En un mundo que no para de girar, alimentado por la economía y el comercio sustentados en la expansión cultual, en un mundo en el que el crecimiento de la tecnología es inversamente proporcional a la disminución de la privacidad, en un mundo de comunicación, conexión y actualización, la realidad se ve reducida a lo que el lenguaje haga de ella, y no será otra que la lengua dominante la que se verá en la cúspide del control global. En un mundo de depredaciones políticas, sociales e incluso lingüísticas, un idioma se yergue lentamente sobre todos los demás. Un idioma conocido y reconocido mundialmente como el español.

- Elohim Flores.

miércoles, 31 de enero de 2018

Reloj


              El tiempo amenazaba con asfixiar al pobre poeta, quien, sin contar para su defensa con otro objeto que una pluma, decidió escribir un par de minutos adicionales en el reloj.

- Elohim Flores.

martes, 30 de enero de 2018

[Hermandad]


Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

- Octavio Paz.

lunes, 29 de enero de 2018

Clorofila


Los árboles susurran
Secretos ancestrales
Que rechinan en mi médula
Vegetal.

El eco de las fibras
Vibrantes
De las astillas
Resuena
En mis raíces.

Las esporas
Suspendidas en el alma
De la madreselva
Enclavada
En el horizonte
Inundan
La clorofila que recubre
Mis pupilas.

Y mis esperanzas
Coníferas
Ultraesmeralda
Enverdecen
La savia
En mis arterias.

- Elohim Flores.