martes, 22 de marzo de 2016

[Lágrimas y Risas]


Una noche, a orillas del Nilo, una hiena se encontró con un cocodrilo. Ambos se detuvieron y se saludaron. La hiena dijo:

— ¿Cómo vas pasando el día, Señor?

Muy mal respondió el cocodrilo. A veces, en mi dolor y tristeza, lloro. Y entonces las criaturas dicen: "Son lágrimas de cocodrilo". Y eso me hiere mucho más de lo que podría contar.

Entonces la hiena dijo:

Hablas de tu dolor y de tu tristeza, pero, piensa por un momento en mí. Contemplo la belleza del mundo, sus maravillas y sus milagros y, llena de alegría, río, como ríen los días. Y los pobladores de la selva dicen: "No es sino la risa de una hiena".

- Gibran Khalil Gibran.

lunes, 21 de marzo de 2016

Humo y Vino- ¿Cuándo, y Por Qué?


    El inclemente bombardeo propiciado por la indiferencia abría heridas que cicatrizaban en el acto, hendiendo mi ser con sus garras atroces, y no dejando tras de sí más que entumidos remanentes sanguinolentos.

            Allí me encontraba, intentando eliminar de mi mente lo acaecido antes de que realmente sucediese siquiera. Las municiones del rechazo no cesaban de impactar contra mi torso indefenso, y la lluvia de fuego se negaba a menguar.

            “¿Qué hago aquí?” pregunté con la mirada, inquisidor, a mi reflejo. Sin dignarse a responder, me observó con desasosiego, haciéndome comprender que dentro de su mundo inverso las llamas del infierno ardían con igual intensidad que en el mío propio. Una bocanada de aire extinguió con solemnidad el diálogo interno como a una cerilla la fría brisa del mar.

             En algún momento había perdido nuevamente el camino; o el camino me había perdido a mí. Hice un esfuerzo por sobreponerme al gélido embate de las circunstancias pero mis piernas cedieron. Las cadenas que rodeaban mi alma se arremolinaban con serpenteantes movimientos constrictores, exprimiendo salobres lágrimas de mi corazón.

            La figura en el frontispicio no dejaba de examinarme con lobreguez, transmitiéndome la amargura de exudaba. Su mirada inánime y su triste silueta clamaban exasperadamente por auxilio. Así con firmeza en mí una de las saetas que perforaban inversamente su pecho, y la extraje con vigor. La espesa sangre brotaba a borbotones mientras continuaba descuajando flechas de mi carne y de su cuerpo.

            Cada segundo transcurrido arrancaba de mí una nueva tira de piel, y las gotas rojizas que escupían mis músculos a carne viva infestaban la atmósfera bajo forma de rocío. La linfa bullía dentro de mis venas, borbollando como magma surgido del mismísimo averno, y las flechas enterradas en las fibras de mi silencioso interlocutor se multiplicaban, infinitas. Pude sopesar una de ellas entre mis desgajadas manos antes de arrojarla a la pila coagulosa de astillas que a mis espaldas se acumulaba, y, mientras la ironía me estrangulaba, pude apreciar cómo la recta espina que segundos antes bebía de mi sangre tomaba la forma de una pulida y afilada aguja de reloj.

            Abandoné mi dolorosa faena y me incorporé al escuchar la llamada de la desgracia. Necesitaba ir a su encuentro, y emprendí la lenta marcha al suplicio. ¿Por qué lo necesitaba? Habría querido escapar en dirección opuesta, pero mi honor lo prohibía. ¿Mi honor, o mi dependencia? ¿Mi estúpida y ciega testarudez, quizás? 

              — No; los ciegos no fingen su invidencia— Respondió tajante el reflejo, antes de desvanecerse.

            Mientras emprendía la marcha y mi cuerpo entumido cicatrizaba presuroso, no podía dejar de cavilar,  preguntándome cuándo, y por qué, había todo llegado a esto.

- Elohim Flores.
[Fragmento de "Humo Y Vino"]

domingo, 20 de marzo de 2016

Humo y Vino- El Último Aullido Blanco


¿Por qué formulas una pregunta semejante? ¿Realmente anhelas conocer esta sensación que me carcome? ¿Deseas sentir el calvario que produce una ilusión rota, mientras sus fragmentos se entierran inclementes en tus manos desnudas, al intentar sostenerla tan sólo unos cuantos segundos antes de que se desvanezca, y sus esquirlas pulverizadas sean arrastradas por el viento? ¿Quieres experimentar el dolor que corroe tus venas, cuando observas que escapa por entre tus dedos el líquido fluido de la esperanza utópica de tus quimeras?

Si tanto lo ansías, compartiré contigo una fracción de mi agonía:

Imagina soñar cada noche con la luna; una luna plena, llena, fría, argéntea. Imagina que su pálida pero penetrante luz onírica en tu rostro representa un sedante para tu alma. Que tu único refugio de este mal terrenal es el inmaculado cielo raso que se extiende en las alturas de tu mente adormecida. Aguardas impaciente el tortuoso paso del día, con sus ruidos y ajetreos, soportando la infernal espera con estoicismo, sólo para refugiarte en los silenciosos brazos de la aurora cuando el sol comienza a sumergirse en el horizonte, ante la promesa del inminente sosiego de la noche, acompañado del arrullo de las estrellas y esa selénica melodía sideral entonada por el satélite, que recorre tus arterias y se deposita en tu espíritu, como bálsamo nacarado sobre una cicatriz de guerra.

Y logras hacerlo. Consigues sobrevivir al purgatorio diario que se desata en el exterior y te asedia sin piedad, y te guareces bajo el universo de tu sueño, y hallas el cobijo que las miradas de desprecio consiguieron arrebatarte. Y el preciado oxígeno regresa a tus pulmones. Y tu corazón recupera sus latidos, y la fresca sangre recorre tu cuerpo una vez más. Pero observas el reloj que cuelga en la lúgubre esquina de tus pensamientos, y comprendes que la inevitable muerte de tu ensueño se aproxima inexorable, por lo que te precipitas a hinchar tus pulmones con aire y tu corazón con sangre hasta reventar, en un quizás fútil intento de amasar una reserva lo suficientemente abundante de vida y esperanza como para poder administrarla con mesura y cautela durante el martirio del día próximo, que aguarda a las puertas del amanecer con su siniestra figura, funesta, acechante, amenazadora. No obstante, comprendes que como consecuencia inevitable del día, la noche posará sus alas sobre la tierra tal y como lo ha hecho durante la extensa perpetuidad de la existencia, y el mero pensamiento del alivio que ella presupone es consuelo suficiente como para acarrear los grilletes de la vida unas cuantas horas más.


Ahora imagina que un día inesperado, como la primera gota linfática derramada previo a una hecatombe, ese tan preciado sueño recurrente desaparece sin dejar rastro. E intentas encontrar razones, e intentas hallar la lógica tras la tragedia, y comienzas a escudriñar entre los matices de los grisáceos recuerdos de tu subconsciente, en busca de un simple motivo, por diminuto que sea, que pueda esclarecer las causas de su abandono. Pero tus esfuerzos rinden vanos frutos, y, presa del desconcierto y la desazón, comienzas a deambular en horas nocturnas a través de las zarzas y los filosos peñascos del hostil olvido, entre traicioneros desfiladeros y ominosos claros de hoscas arboledas, noche tras noche errando, insomne, mientras observas la luna verdadera, esa hermosa roca suspendida en el vacío, esa luna auténtica, magnífica, pero inalcanzable. Y recuerdas cómo la luna de tus sueños besaba tus mejillas con dulce delicadeza, y anhelas que la que ante ti se erige, imponente, real, pudiese, igual que en tus sueños, descender armoniosamente, desprenderse del celeste océano astral y envolverte en un abrazo de eternidad. Pero el muro de lo imposible se alza ante ti, y tu única opción se reduce al simple acto de observar, de examinar con alma y espíritu, con todas las fuerzas de tus pupilas, como queriendo atravesar el velo de la realidad con el estoque de tu mirada, en busca de un estímulo que reviva tu sueño.

Pero el momento nunca llega; el milagro jamás toma cuerpo. Y aún en lucha contra la afonía, produces un último aullido ahogado entre las aguas blancas de la nieve y el pálido torrente lunar; un desesperado grito de auxilio; una desgarrada llamada de salvación... a la luna. Y mientras tu aliento se condensa en el aire formulando fantasmales siluetas, no queda en ti otra alternativa más que la de aguardar a que el peso del cansancio aplome tus exhaustos párpados noche tras noche, ya que es ese el único modo de poder postrarte ante el sopor del letargo y reposar en sueños vacuos. Pues aún, pese al martirio, te es imposible dejar de observar el cielo en busca 

de ese sueño perdido.

- Elohim Flores. 
[Fragmento de "Humo Y Vino"]

Flores


miércoles, 16 de marzo de 2016

[Lo Fatal]


Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

- Rubén Darío.

martes, 15 de marzo de 2016

El Cuervo y la Rata


La rata y el cuervo anidan de nuevo.
Las entrañas del mundo se estremecen latientes
Al mirar hacia el cielo y escuchar la verdad:
Muerte y enfermedad.

El mundo suspira,
Y la vida, que expira,
Yace inconsciente esperando su fin:
Carroña barata para el cuervo y la rata.

- Elohim Flores.
Entre diciembre del 2013 y marzo del 2014.